Jorge Rafael Videla ha muerto en su celda a los 87 años. Donde tienen que morir los dictadores. Ni en su cama, ni de un tiro en la cabeza: en la cárcel. Y sin funeral de estado, al contrario que Augusto Pinochet.
Cuando Franco falleció, mi abuelo, líder comunista, observaba nervioso el velatorio. Una de mis primas, entonces una niña, le preguntaba: “Abuelo, ¿cuándo van a quitar a este fiambre para poner los dibujos?” “Pronto, Yoyito, pronto”. En casa de mi abuelo sólo quedó él vivo, despojado de todos sus bienes, desterrado de su pueblo. Mutilado, de un ojo que le arrancaron sin anestesia. Como era trabajador, se trasladó de su Santa Cruz de Mudela (Ciudad Real) hasta Albacete, y de allí a Asturias cuando comenzó la revolución industrial. Siendo profesor de Mecanografía, Taquigrafía y Contabilidad, debió ejercer los trabajos más ingratos hasta la muerte del tirano, que fue cuando abrió su propia academia. Cada vez que tenía lugar una revuelta minera, mi abuelo Francisco se veía obligado a pedir la cuenta y volver a casa, para evitarse problemas. Sin embargo, la policía Franquista se presentaba en nuestro domicilio para detenerlo. En una ocasión, mi familia estaba cenando una carne que mi abuela había cocinado. “¡Fíjate, si hasta carne comen estos rojos de mierda!”, exclamó un policía a la vez que golpeaba la fuente con la comida, reventándola en el suelo. Después, se llevaban a mi abuelo arrestado a comisaría, dónde lo sometían a vejaciones y malos tratos. En una oportunidad tuvo que cavar su propia tumba para ser fusilado y de no ser por la intervención de un primo segundo de mi abuela, no hubiera salvado la vida.
Mi mejor amiga, mi hermana del alma, de nombre Pilar Awad Báez, no tiene padre ni madre. Durante la dictadura de Trujillo en República Dominicana, sus padres tuvieron el infortunio de que Angelita Trujillo, hija del tirano, se encaprichara con su padre y asesinara a su madre durante el parto. El marido de ésta, una vez viudo su rival, terminó con la vida de Jean Awad Canaán. Pilar, huérfana desde su nacimiento, también tuvo que vivir con la ausencia de su tío y abuelo, asesinados por la dictadura trujillista.
Ni Franco ni Trujillo terminaron sus días en una celda. Nadie tuvo agallas de juzgarlos, ni siquiera a sus secuaces. Mi madre en una ocasión me comentó que a veces, yendo por la calle, visualiza a viejos que en su día fueron los policías que maltrataron a mi abuelo. Por mucho que le pedí que me los señalara para preguntarles si se sentían satisfechos de su miserable existencia, jamás lo hizo.
En República Dominicana tampoco fue condenado nadie. Los asesinos murieron en sus camas con la excepción de Trujillo, ajusticiado por los Héroes del 30 de Mayo durante una gloriosa emboscada en 1961. Los supervivientes, como Angelita Trujillo, no han sido reclamados por la justicia pese a ser de dominio público cada uno de sus crímenes. En una ocasión, se abrió un proceso judicial, pero cuando uno de los testigos nombró al padre del entonces presidente Leonel Fernández, la querella fue introducida en un cajón del que nunca más salió.
Los argentinos son un pueblo valiente. Videla cumplía cadena perpetua por crímenes contra la humanidad, cometidos durante su gobierno, de 1976 a 1981. Cuando se instauró la democracia en 1983, fue condenado a cadena perpetua, pero en 1990 el presidente Carlos Menem decidió ponerlo en libertad. Esa gracia le duraría hasta 1998, año en el que volvió a prisión por apropiación ilegal de menores, hijos de los desaparecidos, delito del que como del resto nunca se arrepintió.
Las Madres de la Plaza de Mayo, hoy abuelas, trataron de recuperar con vida a sus hijos desaparecidos durante la dictadura militar argentina y posteriormente de enjuiciar por crímenes de lesa humanidad a los responsables de los mismos. Algunas de estas mujeres lograron recuperar a sus nietos, envueltos en una falsa identidad al ser criados tras los asesinatos de sus padres biológicos por allegados a la tiranía. Muchos de estos niños aún continúan viviendo bajo identidades no reales, desconociendo que los que creen sus padres no son más que aquellos que se apropiaron de los hijos de sus víctimas.
El dictador argentino falleció en una cárcel común, habiendo cumplido aresto domiciliario hasta 2008, año en que fue trasladado a la prisión de Marcos Paz, en Buenos Aires. Durante su tiranía fallecieron unas 30.000 personas, muchas de las cuales perdieron la vida en los famosos vuelos de la muerte. Las víctimas eran sedadas, sin perder la consciencia cuando eran lanzadas al océano Atlántico, dónde se ahogaban ó eran engullidas por los tiburones, desapareciendo así cualquier indicio de sus asesinatos.
Por éso, Jorge Videla, por mi abuelo, por mi hermanita y por todas las víctimas alrededor del mundo, quiero que te pudras. No pretendo que este sea un artículo objetivo, no tengo ningún interés en ello, porque quiero que los dictadores se mueran en la cárcel y me muestro inmensamente feliz. La vida humana tiene un valor incalculable, ya cantaba Mecano que “yo no sé ni quiero de las razones que dan derecho a matar, han de ser la hostia, porque el que muere no vive más”. Miles de hijos de otros, que por el único delito de desear un mundo mejor en libertad fueron encarcelados hasta el nacimiento de sus hijos, apropiados, siendo asesinados a continuación. El mundo no puede permitir estas actitudes, hemos de ir todos a una.
Personalmente, llevo desde que tengo uso de razón luchando contra las dictaduras y considero que he conseguido algo. Por este motivo, durante el resto de años que me queden, no cesaré en mi empeño de defender al que por sus ideas ha perdido la vida, sido torturado ó encontrado problemas.
Que sirva de ejemplo Argentina. Que no encuentre descanso Jorge Videla.










